Cuando se habla de humedales, muchas veces se piensa en espacios lejanos, silvestres y ajenos a la vida cotidiana. Sin embargo, una gran cantidad de estos ecosistemas se encuentra junto a barrios, escuelas, caminos, sectores agrícolas, caletas, parques y zonas residenciales.
Son parte del territorio que habitamos.
En ellos se acumula y circula el agua, se alimentan y reproducen numerosas especies, se retienen sedimentos y se regulan procesos naturales importantes para las ciudades. También son lugares de encuentro, observación, aprendizaje, recreación y conexión con la naturaleza.
El Plan de Gestión Integral del Humedal Urbano Río Elqui reconoce 29 servicios ecosistémicos, entre ellos la purificación y provisión de agua, el control de crecidas e inundaciones, el almacenamiento de agua, la regulación del ciclo hídrico, el control de la erosión, la educación, la recreación, el bienestar y la construcción de identidad cultural.
Por eso, cuidar un humedal no significa solamente proteger plantas, aves o cuerpos de agua. También significa cuidar la seguridad, la historia, la salud y la calidad de vida de las comunidades que viven a su alrededor.
La ley protege, pero la comunidad mantiene vivo el cuidado
En Chile, la protección formal de los humedales urbanos está regulada principalmente por la Ley N.º 21.202. Esta normativa entrega herramientas al Ministerio del Medio Ambiente y a los municipios para reconocer estos ecosistemas, incorporarlos a la planificación territorial, elaborar ordenanzas y evaluar proyectos que puedan afectarlos.
La responsabilidad legal, por lo tanto, no puede trasladarse únicamente a los vecinos.
Corresponde al Estado, los municipios y los organismos competentes fiscalizar, planificar, prevenir intervenciones dañinas y aplicar las normas. Los propietarios y quienes desarrollan actividades dentro o alrededor de estos espacios también deben cumplir sus obligaciones.
Pero una declaración oficial no instala automáticamente una cultura de cuidado.
Un humedal puede estar reconocido por la ley y continuar expuesto a basura, circulación de vehículos, incendios, presencia de perros sin supervisión, extracción de áridos, rellenos, contaminación o deterioro de su vegetación. La protección jurídica es indispensable, pero necesita ser acompañada por una comunidad informada, organizada y vinculada con el territorio.
La diferencia muchas veces se produce en lo cotidiano: una persona que recoge sus residuos, una familia que respeta las zonas de nidificación, una escuela que realiza educación ambiental, una organización que informa una intervención irregular o una junta de vecinos que incorpora el humedal dentro de sus preocupaciones territoriales.
Las comunidades son los ojos permanentes del territorio
Las instituciones pueden realizar inspecciones, estudios y fiscalizaciones, pero quienes viven cerca de un humedal observan sus transformaciones todos los días.
Las comunidades reconocen cuándo aparece un nuevo microbasural, cuándo ingresa maquinaria, cuándo se corta vegetación, cuándo disminuye el agua o cuándo comienzan a circular vehículos por sectores sensibles. También conservan una memoria territorial que permite comprender cómo era el lugar antes de la expansión urbana, dónde se producían inundaciones y qué especies habitaban el sector.
Ese conocimiento local no reemplaza a la evidencia científica, pero la complementa.
La participación comunitaria permite detectar amenazas tempranamente, reunir antecedentes, generar ciencia ciudadana y orientar mejor las decisiones públicas. El Ministerio del Medio Ambiente reconoce precisamente la participación ciudadana y el monitoreo como componentes centrales de la protección de los ecosistemas acuáticos.
En la provincia del Elqui, el trabajo de los monitores ambientales ha demostrado el valor de contar con presencia cotidiana en terreno. Estas personas han orientado a visitantes, registrado amenazas, apoyado actividades educativas y levantado información sobre residuos, circulación de vehículos y mascotas en sectores sensibles de los humedales del río Elqui, El Culebrón y Tongoy.
La protección se vuelve más efectiva cuando deja de ser una instrucción lejana y comienza a formar parte de la convivencia local.
El río Elqui: un trabajo construido entre muchas organizaciones
El Humedal Urbano Río Elqui, Altovalsol a Desembocadura, representa un buen ejemplo de colaboración entre instituciones públicas, organizaciones ambientales, comunidades, actores productivos y usuarios del agua.
Su reconocimiento oficial no fue resultado del trabajo de una sola institución. El proceso contó con el apoyo de habitantes del sector, organizaciones no gubernamentales y entidades públicas y privadas. Entre quienes promovieron su valoración y protección se encuentra la Corporación Elqui Verde, organización que ha desarrollado una labor activa de difusión, defensa ambiental y promoción de instrumentos locales para el cuidado del ecosistema.
Posteriormente, el Plan de Gestión Integral fue elaborado mediante un proceso participativo que contempló 50 entrevistas, 14 talleres e instancias de validación, reuniendo a 36 instituciones vinculadas al territorio.
En ese proceso participaron organizaciones como Elqui Verde, Olas Limpias, Ecoterra, Red Aves y Surgencia, además de agrupaciones de pescadores, juntas de vecinos, organizaciones comunitarias, instituciones académicas, entidades públicas, empresas y la Junta de Vigilancia del Río Elqui y sus Afluentes, JVRE.
La participación de la JVRE permitió incorporar la mirada integral de la cuenca y la experiencia relacionada con la administración del río, sus afluentes, canales y usuarios. El plan la identifica entre los actores con influencia directa en el territorio y le asigna, junto con otros participantes, funciones de conservación, restauración, monitoreo y control de amenazas.
Esta diversidad es fundamental. Un humedal no puede ser protegido solamente desde una mirada ambiental, hidráulica, urbana o comunitaria. Todas ellas deben encontrarse y construir acuerdos.
El trabajo de las ONG convierte la preocupación en acción
En la Región de Coquimbo, las organizaciones ambientales han permitido movilizar a vecinos, estudiantes, voluntarios y comunidades completas.
La Corporación Elqui Verde ha contribuido al reconocimiento público del Humedal Río Elqui y a la difusión de la ordenanza municipal destinada a su protección. Su experiencia demuestra que las organizaciones locales pueden ayudar a traducir documentos técnicos y normas ambientales en información comprensible para la ciudadanía.
La ONG Olas Limpias, por su parte, ha participado en jornadas de limpieza de playas y humedales junto con vecinos, instituciones y otras organizaciones. También fue parte de un largo proceso comunitario e institucional para recuperar el Humedal de Punta Teatinos, uno de los ecosistemas costeros más representativos de La Serena.
Otras organizaciones, como Ecoterra y Red Aves, han aportado desde la educación ambiental, la divulgación científica, la observación de aves y la generación de conciencia sobre la biodiversidad presente en estos lugares. Ecoterra, por ejemplo, ha desarrollado actividades con estudiantes para conocer la vegetación y avifauna del humedal costero del río Elqui.
Estas experiencias reflejan algo importante: la participación comunitaria no comienza únicamente cuando existe un conflicto. También puede construirse mediante talleres, recorridos, señaléticas, jornadas de observación, campañas educativas, actividades culturales y espacios de recreación responsable.
Disfrutar un humedal también es una forma de cuidarlo
La protección de estos ecosistemas no significa cerrar completamente el acceso ni impedir que las personas se relacionen con ellos.
Un humedal conocido, valorado y utilizado responsablemente puede convertirse en un espacio privilegiado para caminar, observar aves, aprender sobre la naturaleza, realizar actividades educativas y compartir en comunidad.
El problema no está en disfrutarlo, sino en hacerlo sin reconocer sus límites.
La recreación responsable implica transitar por lugares habilitados, mantener distancia de las aves, llevarse los residuos, evitar ruidos excesivos, no ingresar con vehículos y mantener a las mascotas bajo control. También supone comprender que hay épocas en las que determinadas zonas deben recibir una protección especial por la reproducción, alimentación o descanso de las especies.
Cuando una comunidad se apropia positivamente de un humedal, deja de verlo como un sitio abandonado y comienza a entenderlo como un patrimonio común.
Esa apropiación es distinta de ocupar, rellenar o intervenir. Significa conocer, respetar, disfrutar y cuidar.
Una tarea que se extiende por todo Chile
El vínculo entre comunidades y humedales no es exclusivo de la Región de Coquimbo.
En las comunas de Zapallar y Puchuncaví, el Plan de Gestión Integral del Humedal La Laguna y Estero Catapilco fue construido con participación de ambos municipios, la ONG Chinchimén y las comunidades cercanas.
En Temuco y Padre Las Casas, la protección del Humedal Antumalén ha articulado a habitantes del sector, organizaciones territoriales, el municipio y la academia, mediante un modelo de construcción participativa y educación ambiental.
En Concón, integrantes del Comité Ambiental Comunal y del Comité de Humedales han participado en capacitaciones prácticas para monitorear el Humedal Urbano Desembocadura del Río Aconcagua. En Cáhuil, el seguimiento del nivel y la salinidad de la laguna se ha combinado con participación comunitaria y herramientas tecnológicas abiertas a la ciudadanía.
Son territorios distintos, pero comparten una misma enseñanza: los humedales se protegen mejor cuando quienes viven cerca participan en las decisiones y cuentan con herramientas para comprenderlos.
El cuidado comienza con pequeñas acciones colectivas
No todas las comunidades necesitan transformarse en organizaciones ambientales especializadas. Una junta de vecinos, una escuela, un club deportivo, una agrupación cultural o un comité de vivienda también pueden incorporar el cuidado del humedal dentro de su trabajo.
Pueden organizar recorridos educativos, impulsar jornadas de limpieza coordinadas, solicitar señalización, promover la tenencia responsable de mascotas, desarrollar catastros comunitarios, denunciar intervenciones y mantener comunicación con las autoridades.
También pueden recuperar las historias asociadas al agua y transmitirlas a niños y jóvenes.
Ese componente cultural es especialmente relevante. Las personas protegen con mayor compromiso aquello que conocen y sienten como parte de su identidad. Cuando el humedal aparece en las conversaciones del barrio, en las actividades escolares y en la planificación comunitaria, deja de ser un espacio invisible.
Cuidar el humedal es cuidar el lugar donde vivimos
Los eventos climáticos extremos, las inundaciones, la sequía y el crecimiento de las ciudades han demostrado que la relación entre las comunidades y la naturaleza no puede seguir siendo secundaria.
Los humedales ayudan a regular el agua, sostienen biodiversidad y ofrecen espacios de bienestar y recreación. Pero su futuro depende de decisiones institucionales firmes y de prácticas comunitarias responsables.
Las leyes deben protegerlos. Los organismos públicos deben fiscalizar. Los municipios deben incorporarlos a la planificación. Los proyectos deben cumplir las exigencias ambientales.
Y las comunidades deben tener la posibilidad de conocerlos, disfrutarlos, observarlos y participar activamente en su cuidado.
Porque un humedal protegido en los documentos, pero desconocido por su comunidad, siempre será más vulnerable. En cambio, un humedal reconocido como parte del barrio se transforma en un espacio vivo, acompañado y defendido por quienes comprenden que cuidar la naturaleza también es cuidar su propio hogar.